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17/09/2012

La Superior de Comercio N° 43, la Escuela Especial “Madre Teresa” y la de Niños Discapacitados Visuales N° 2115 -de Reconquista y Avellaneda- llevan adelante una “cruzada” por la integración de chicos con discapacidad. Este año egresarán de la secundaria común los primeros alumnos no videntes y con discapacidades mentales.


Sin barreras: tres escuelas, unidas por el desafío de la integración

 

     

Desde hace 5 años, en la ciudad de Reconquista, tres escuelas decidieron unirse en un mismo proyecto y demostrar que la integración hacia adentro de las aulas es posible. Que la educación iguala, nivela y hasta disuelve las diferencias. Que se pueden derrumbar las barreras limitantes frente al alumno con discapacidad, sumando esfuerzos en un mismo proyecto colectivo.




Las Escuelas Superior de Comercio N° 43, la Escuela Especial N° 2033 “Madre Teresa” (ambas de Reconquista) y la Escuela para Niños Discapacitados Visuales N° 2115 (Avellaneda), llevan adelante un proyecto institucional de integración de chicos con discapacidad. Alumnos de ambas escuelas especiales -que padecen discapacidades mentales y visuales - cursan sus estudios medios en aulas “comunes” del colegio con orientación comercial.




Asisten a clases con sus maestras integradoras, quienes en coordinación con los profesores de cada área hacen un seguimiento de cada alumno, intervienen como facilitadoras de la interpretación o de la adaptación de algunos contenidos, en el aprendizaje en Braille y en la comunicación digital mediante notebooks usadas por algunos alumnos. Participan también los cuerpos directivos, pedagogas sociales, especialistas en informática, en el área de biología y en prevención de adicciones. Siempre desde un abordaje multidisciplinar.




“Caminando hacia una escuela cada vez más inclusiva” fue el nombre que se le dio a la iniciativa, que más que proyecto institucional tuvo un sentido de “cruzada” educativa por la integración. Y este año, luego de haber superado resistencias, dificultades de adaptación en los contextos áulicos y en las interrelaciones, dará sus primeros frutos: cinco chicos con discapacidad culminarán sus estudios medios, y egresarán de una secundaria común.




La experiencia comenzó en 2008, como respuesta a una necesidad latente pero también como un desafío que merecía ser asumido. La escuela N° 43 -ubicada en la zona céntrica de la ciudad norteña y con una matrícula numerosa, que supera los 1300 alumnos- tiene 43 divisiones de polimodal, turno mañana y noche -de Economía y Gestión, Humanidades y Ciencias Sociales, Ciencias Naturales y Comunicación, Arte y Diseño-. A su vez, en el nivel superior se dicta la Tecnicatura de Analista Programador en Sistemas de Computación.




Desde aquel año, la institución comenzó a recibir de las dos escuelas especiales unos pocos alumnos diagnosticados con síndrome de West, parálisis cerebral y cuadriplejía, y con limitaciones visuales. Los alumnos integrados pudieron elegir entre las distintas ofertas. El tiempo pasó y en la actualidad, entre 10 y 15 chicos con discapacidad asisten a clases. El proyecto institucional sigue, porque siguen integrándose más alumnos.




“Con el transcurrir de proceso, la integración en las aulas se fue dando como un proceso extraordinario. El vínculo entablado en los planos pedagógico y humano sobrepasó las expectativas iniciales que teníamos. Los propios alumnos se hacían cargo en el aula de ayudar a los chicos especiales con las sillas de ruedas, con la computadora y los materiales de Braille que usaban en clase”, cuenta Norma Cuaranta de Truffer, rectora de la Escuela de Comercio N° 43.




"Fue muy importante el aporte de los profesores y alumnos del nivel superior, pues dieron un gran apoyo para las adecuaciones tecnológicas durante el transito de 1° a 5° año", resalta la rectora. "También fue valioso el aporte de los preceptores, quienes posibilitaron los vínculos necesarios entre familia, escuelas, profesores e integradores, al igual que la mirada atenta y afectuosa de los asistentes escolares".



VÍNCULOS INTEGRADORES


Fueron fundamentales los vínculos de reciprocidad institucional en el trabajo profesional de asistencia a los chicos. “Las maestras integradoras trabajaban acompañando a los alumnos, y los profesores se acoplaban. Logramos articular internamente todas las fuerzas para que nuestra escuela tenga una verdadera integración”, dice la rectora.




En la escuela Madre Teresa asisten chicos con discapacidades mentales. De esa institución son varios los alumnos que se integraron en la escuela N° 43. “La mecánica de trabajo es la siguiente: los profesores le pasan los temas que van a dar en clase a la maestra integradora (Daniela Nasich), quien con una semana de antelación hace algunas las adaptaciones curriculares que se necesiten. Ella también asiste para hacer los trabajos en la computadora (pues algunos alumnos necesitan comunicarse por esta vía). Es un trabajo que demanda dedicación, paciencia y esfuerzo”, dice la directora de esa institución especial, Liliana Vacou.




“Todas estas experiencias son riquísimas para nosotros, pero debemos seguir trabajando en mentalizar a la gente para la apertura de las escuelas, porque no es fácil, aún hay resistencias…”, advierte la directora. “La integración en el aula deberá ser una estrategia o una transición hacia las escuelas inclusivas”, subraya.




RESISTENCIAS


Hubo resistencias al principio; en la interacción -la compleja la etapa adolescente no siempre facilita la integración entre alumnos-, y en los propios profesores, que reclamaban más herramientas para saber tratar y explicar los temas de una forma apropiada a los chicos con discapacidad. El proyecto institucional debió confrontar con algunos prejuicios, miedos y desconocimiento.




“Al principio se evidenciaron algunas limitaciones en la preparación de los docentes de las distintas áreas, y llevó tiempo aceptar la conducción del proyecto -observa Cuaranta-. Por ejemplo, algunos profesores nos decían que no contaban con las herramientas para enfrentar correctamente la presencia en el curso de un chico con discapacidad. Al momento de tomarles prueba, surgían complicaciones”.




También se debían “ajustar” algunos contenidos puntuales: “Pasó en distintas disciplinas. Y en la terminalidad Comunicación, había textos de literatura muy largos que por ahí los chicos integrados no podían leerlos con la misma rapidez que el resto; entonces esos textos se adaptaban”, agrega.




“Debimos luchar en alguna medida contra ese prejuicio social que sostiene que una escuela media a la que asisten chicos provenientes de una institución de educación especial es de menor jerarquía que el resto. No fue fácil, pero valió la pena tanto esfuerzo”, dice la rectora.




DE LA DIFERENCIA A LA


DIVERSIDAD: RESULTADOS


Más allá de los obstáculos, el éxito de esta experiencia pedagógica expresó “otra forma de entender la escuela, desde un enfoque mucho más amplio. Se logró tener un pensamiento y espíritu de inclusión social, y saber trasladarlo a la práctica real”, afirma María Elena Festa, Directora Provincial de Educación Especial.




“El beneficio de la integración no redundó sólo para los chicos con discapacidad. Hubo un impacto positivo en toda la comunidad escolar, en todas las familias de la escuela N° 43. Es el efecto multiplicador que tuvo y tiene ese proyecto que trasciende lo específico, lo puntual, para convertirse en algo colectivo”, celebra la funcionaria.




El concepto clave para entender el éxito del proceso de integración que dio lugar al proyecto fue “pasar de lo diferente a lo diverso. Esta perspectiva parte de un pensamiento que toma a un sujeto en su individualidad, para pasar a verlo incluido en el plano de lo colectivo. Todos tenemos diferencias, pero esta perspectiva conjuga un pensamiento común, de conjunto, que implica que todos estamos impregnados de diversidades”.




A Cuaranta, lo más valioso que le dejó la vivencia del proyecto fue “la certeza de que todas las escuelas tienen la posibilidad de llevar adelante acciones que contribuyan a contrarrestar el efecto generado por las disparidades económicas, intelectuales y físicas. Nosotros ya no hablamos de alumnos diferentes, sino de alumnos diversos. En las aulas hay diversidad, no diferencias. Hay que saber respetar y armonizar esas diversidades para una mejor coexistencia”, concluye.


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