Puede resultar una obviedad, pero es necesario seguir insistiendo que el alcohol al volante mata. Y si bien puede sonar a eslogan publicitario es así de simple. Sin vueltas. Tan contundente y patético como los números de las estadísticas. Y sin embargo, con muchas víctimas fatales en nuestro haber, permanecemos anestesiados ante esta evidencia, sin capacidad de acción ni reacción.
Muchos son los esfuerzos que se realizan para tratar de disminuir los accidentes de tránsito causados por el consumo de alcohol, pero todavía son muy tenues los resultados visibles. Y muchos son los argumentos que se pueden esgrimir para evaluar el porqué de esta situación, pero indudablemente unos de los más llamativos y difíciles de erradicar es la alta tolerancia social que tiene el alcohol.
Las bebidas alcohólicas tienen hoy un protagonismo tal alrededor de todos los actos sociales que no se concibe ninguna reunión sin su presencia. El concepto de diversión está íntimamente ligado a la existencia de alcohol y entre los jóvenes su consumo forma parte de los códigos que determinan la dinámica de cualquier grupo. Por otra parte se tiene la idea errónea de que uno “controla” lo que toma y que beber un poco no produce ningún efecto en el organismo y por el contrario nos hace sentir más “alegres” y nos ayuda a disfrutar más. A menudo las personas minimizan los efectos que el alcohol produce en sus cuerpos, y es así que luego se convierten en conductores que sobreestiman sus capacidades y confían en que podrán manejar las situaciones frente al volante, cuando en realidad se han convertido en un peligro latente circulando por la calle.
Mitos y verdades
Aunque no se la llame “droga” el alcohol lo es, está culturalmente aceptado y es legal en nuestra sociedad. Sin embargo, es un tóxico, anestésico y narcótico. El etanol es un depresor del sistema nervioso central que afecta las funciones inhibidoras del cerebro, las intelectuales, sensoriales, los reflejos y por último las motoras, pudiendo disminuir la función del centro respiratorio y provocar la muerte.
Pero empecemos a desterrar algunos mitos. No es necesario tomar grandes cantidades de alcohol para que la capacidad de conducir se vea afectada, ya que esto depende de varios factores. Dos personas que beben la misma cantidad de alcohol pueden no tener la misma tasa de alcoholemia, ya que influyen la edad, el peso y el sexo. Dos latas de cerveza, dos vasos de vino o dos whiskys son suficientes para sobrepasar los límites legales establecidos. Una vez absorbido en el intestino y el estómago, el alcohol se distribuye donde hay agua. Luego es metabolizado y eliminado principalmente por el hígado. Parte se elimina por el sudor, la orina y la respiración.
En segundo lugar, no existe ningún método instantáneo para que la alcoholización desaparezca. Las duchas frías, los ejercicios, café, aire fresco o cualquier otro método al que se recurra no logrará ese efecto. Los resultados son un ebrio limpio, un ebrio cansado o un ebrio despierto, pero siempre un ebrio.
Se calcula en una hora el tiempo que debe transcurrir para la eliminación de 7grs de alcohol. Como regla se estima que no se pueden beber más gramos de alcohol que el equivalente a la mitad del peso corporal en kilos. Así, si una persona pesa 80 kgs. podrá beber unos 40 grs. de alcohol para no sobrepasar la tasa de 0,50 grs. de alcohol por litro de sangre. Por lo tanto si una persona ha alcanzado una concentración alcohólica en sangre mayor requerirá varias horas para eliminarlo. Además, los máximos efectos del alcohol se producen una hora después de haber ingerido la última copa.
Un binomio fatal
Pero volvamos al principio. Tomar y conducir es una actitud cuanto menos egoísta e inconsciente. Es no valorar la propia vida ni la de los demás. Es no asumir la posibilidad de un riesgo inminente y que podría evitarse con muy poco: simplemente no tomando el volante. Siempre hay otras maneras de llegar a casa.
Las recomendaciones son infinitas, pero la toma de conciencia debe ser individual y categórica. Esta es la responsabilidad que tenemos como ciudadanos, más allá de la incumbencia del Estado y las instituciones sociales. Es hora de convencernos y convencer a los otros de que una mínima cantidad de esta sustancia produce efectos importantes sobre nuestra capacidad para conducir. Y si bien en la mayoría de los casos esto es una cuestión de vida o muerte, la decisión es una sola: la vida siempre es la mejor opción.